Si tú cambias, tenemos esperanzas!!

septiembre 5, 2009  
Publicado en Artículos

Introducción

Acabo de recibir un email que anda circulando en la red bajo el asunto de: “Para Padres Jóvenes o Quienes Lo Serán”, averigue que tiene años dando vueltas y que hasta se duda de quien fue el autor, pero más  allá de eso, lamentablemente mantiene la vigencia, y en mi opinión ¡no tiene desperdicio!, le agregaría que es recomendable para abuelos, tíos,  maestros y para todos aquellos que de una u otra forma tienen la Responsabilidad de “educar” a los niños de hoy.

Aparentemente fue escrito por un argentino pero verán que puede ser traspolado casi letra por letra al Uruguay y a muchos otros países, por eso decidí publicarlo aquí porque también tiene mucho que ver con la cotidiana y creciente violencia en la que estamos viviendo y a la que nadie se anima a ponerle límites.

No hace mucho trabajando en un móvil de emergencia me tocó asistir al empleado agredido de una farmacia que había sido asaltada, le habían pegado un culatazo en la cabeza, no había perdido el conocimiento pero tenía una herida cortante y sangrante, no demasiado grave pero que sí había dejado el piso del comercio peor que el de una carnicería.

Además del sentimiento de indignación con el que tuve que lidiar en ese momento porque duele ver la impunidad y la violencia con la que actúan los delicuentes, mi asombró vino después, al ver cómo, a pesar del sangriento episodio y del despliegue de material médico y de enfermería que tuvimos que hacer para atender al chico, la encargada del comercio siguió despachando público como si nada hubiera pasado, varias personas  entraron igual a pesar de qué teníamos la puerta medio obstruida, de hecho nos terminamos corriendo, miraron como si tal cosa, compraron y se fueron, lo más trági-cómico fue la persona que como era  socia de la emergencia para la cual estabamos trabajando, nos vió  y a pesar de estar en la evidente tarea de curar a una persona agredida y con una herida cortante, se acercó como si nada a solicitar si ya que estábamos no le podíamos tomar la presión. Mi cara debe haber sido un poema porque no tuve que decir nada,  se dió media vuelta y se fue.

Me quedé pensando y con la duda, ¿será que por lo cotidiano de estos episodios  estamos tan acostumbrando que nos hemos vuelto insensibles?, ¿será que a menos que muera alguien ya no nos  conmovemos?, creo que dá para pensar, ¿qué tipo de sociedad estamos permitiendo se cree para nuestros hijos?

Un taximetrista me contaba a principios de año que asaltan por lo menos 9 taxis por noche, pero salvo que haya una agresión sangrienta ya nadie  hace la denuncia porque el que termina pagando siempre es el trabajador ya que  en promedio pierden de 2 a 4 jornales por las largas esperas en los tribunales y demás burocracia judicial, los chorros en cambio al otro día están otra vez en la calle.

Hoy, cuando en el Uruguay vemos con resignada pasividad como todos los días la legítima autoridad no existe o simplemente se la ignora con argumentos condescendientes y de hipócrita sensibilidad social que ampara a los delincuentes y han hecho del crimen y la impunidad la regla más que la excepción, este texto nos obliga a pensar y recapacitar.

La Argentina Insolente

Por Dr. Mario Rosen

42-19691986En mi casa me enseñaron bien.

Cuando yo era un niño, en mi casa me enseñaron a honrar dos reglas sagradas:

Regla N° 1: En esta casa las reglas no se discuten.

Regla N° 2: En esta casa se debe respetar a papá y mamá.

Y esta regla se cumplía en ese estricto orden. Una exigencia de mamá, que nadie discutía… Ni siquiera papá. Astuta la vieja, porque así nos mantenía a raya con la simple amenaza: “Ya van a ver cuando llegue papá”. Porque las mamás estaban en su casa. Porque todos los papás salían a trabajar… Porque había trabajo para todos los papás, y todos los papás volvían a su casa.

No había que pagar rescate o ir a retirarlos a la morgue. El respeto por la Autoridad de papá (desde luego, otorgada y sostenida graciosamente por mi mamá) era razón suficiente para cumplir las reglas.

Usted probablemente dirá que ya desde chiquito yo era un sometido, un cobarde conformista o, si prefiere, un pequeño fascista, pero acépteme esto: era muy aliviado saber que uno tenía reglas que respetar. Las reglas me contenían, me ordenaban y me protegían. Me contenían al darme un horizonte para que mi mirada no se perdiera en la nada, me protegían porque podía apoyarme en ellas dado que eran sólidas.. Y me ordenaban porque es bueno saber a qué atenerse. De lo contrario, uno tiene la sensación de abismo, abandono y ausencia.

Las reglas a cumplir eran fáciles, claras, memorables y tan reales y consistentes como eran “lavarse las manos antes de sentarse a la mesa” o “escuchar cuando los mayores hablan”.

Había otro detalle, las mismas personas que me imponían las reglas eran las mismas que las cumplían a rajatabla y se encargaban de que todos los de la casa las cumplieran. No había diferencias. Éramos todos iguales ante la Sagrada Ley Casera.

Sin embargo, y no lo dude, muchas veces desafié “las reglas” mediante el sano y excitante proceso de la “travesura” que me permitía acercarme al borde del universo familiar y conocer exactamente los límites. Siempre era descubierto, denunciado y castigado apropiadamente..

La travesura y el castigo pertenecían a un mismo sabio proceso que me permitía mantener intacta mi salud mental. No había culpables sin castigo y no había castigo sin culpables. No me diga, uno así vive en un mundo predecible..

El castigo era una salida terapéutica y elegante para todos, pues alejaba el rencor y trasquilaba a los privilegios. Por lo tanto las travesuras no eran acumulativas. Tampoco existía el dos por uno. A tal travesura tal castigo.

Nunca me amenazaron con algo que no estuvieran dispuestos y preparados  a cumplir.

Así fue en mi casa. Y así se suponía que era más allá de la esquina de mi casa. Pero no. Me enseñaron bien, pero estaba todo mal. Lenta y dolorosamente comprobé que más allá de la esquina de mi casa había “travesuras” sin “castigo”, y una enorme cantidad de “reglas” que no se cumplían, porque el que las cumple es simplemente un estúpido (o un boludo, si me lo permite).

El mundo al cual me arrojaron sin anestesia estaba patas para arriba. Conocí algo que, desde mi ingenuidad adulta (sí, aún sigo siendo un ingenuo), nunca pude digerir, pero siempre me lo tengo que comer: “la impunidad”. ¿Quiere saber una cosa? En mi casa no había impunidad. En mi casa había justicia, justicia simple, clara, e inmediata. Pero también había piedad.

Le explicaré: Justicia, porque “el que las hace las paga”. Piedad, porque uno cumplía la condena estipulada y era dispensado, y su dignidad quedaba intacta y en pie. Al rincón, por tanto tiempo, y listo… Y ni un minuto más, y ni un minuto menos. Por otra parte, uno tenía la convicción de que sería atrapado tarde o temprano, así que había que pensar muy bien antes de sacar los pies del plato.

Las reglas eran claras. Los castigos eran claros. Así fue en mi casa. Y así creí que sería en la vida. Pero me equivoqué. Hoy debo reconocer que en mi casa de la infancia había algo que hacía la diferencia, y hacía que todo funcionara. En mi casa había una “Tercera Regla” no escrita y, como todas las reglas no escritas, tenía la fuerza de un precepto sagrado. Esta fue la regla de oro que presidía el comportamiento de mi casa:

Regla N° 3: No sea insolente. Si rompió la regla, acéptelo, hágase responsable, y haga lo que necesita ser hecho para poner las cosas en su lugar.

AAJJ001672Ésta es la regla que fue demolida en la sociedad en la que vivo. Eso es loque nos arruinó. LA INSOLENCIA. Usted puede romper una regla -es su riesgo- pero si alguien le llama la atención o es atrapado, no sea arrogante e  insolente, tenga el coraje de aceptarlo y hacerse responsable. Pisar el césped, cruzar por la mitad de la cuadra, pasar semáforos en rojo, tirar papeles al piso, tratar de pisar a los peatones, todas son travesuras que se pueden enmendar… a no ser que uno viva en una sociedad plagada de insolentes. La insolencia de romper la regla, sentirse un vivo, e insultar, ultrajar y denigrar al que responsablemente intenta advertirle o hacerla respetar. Así no hay remedio.

El mal de los Argentinos es la insolencia. (de los uruguayos también) La insolencia está compuesta de petulancia, descaro y desvergüenza. La insolencia hace un culto de cuatro principios:

- Pretender saberlo todo

- Tener razón hasta morir

- No escuchar

- Tú me importas,  sólo si me sirves.

La insolencia en mi país admite que la gente se muera de hambre y que los niños no tengan salud ni educación. La insolencia en mi país logra que los que no pueden trabajar cobren un subsidio proveniente de los impuestos  que pagan los que sí pueden trabajar (muy justo), pero los que no pueden trabajar, al mismo tiempo cierran los caminos y no dejan trabajar a los que sí pueden trabajar para aportar con sus impuestos a aquéllos que, insolentemente, les impiden trabajar. Léalo otra vez, porque parece mentira. Así nos vamos a quedar sin trabajo todos.

Porque a la insolencia no le importa, es pequeña, ignorante y arrogante.

Bueno, y así están las cosas. Ah, me olvidaba, ¿Las reglas sagradas de mi casa serían las mismas que en la suya? Qué interesante. ¿Usted sabe que demasiada gente me ha dicho que ésas eran también las reglas en sus casas? Tanta gente me lo confirmó que llegué a la conclusión que somos una inmensa mayoría. Y entonces me pregunto, si somos tantos, ¿por qué nos acostumbramos tan fácilmente a los atropellos de los insolentes? Yo se lo voy a contestar.

PORQUE ES MÁS CÓMODO, y uno se acostumbra a cualquier cosa, para no tener que hacerse responsable. Porque hacerse responsable es tomar un compromiso y comprometerse es aceptar el riesgo de ser rechazado, o criticado. Además, aunque somos una inmensa mayoría, no sirve para nada, ellos son pocos pero muy bien organizados. Sin embargo, yo quiero saber cuántos somos los que estamos dispuestos a respetar estas reglas.

Le propongo que hagamos algo para identificarnos entre nosotros. No tire papeles en la calle. Si ve un papel tirado, levántelo y tírelo en un tacho de basura. Si no hay un tacho de basura, llévelo con usted hasta que lo encuentre. Si ve a alguien tirando un papel en la calle, simplemente levántelo usted y cumpla con la regla 1. No va a pasar mucho tiempo en que seamos varios para levantar un mismo papel.

Si es peatón, cruce por donde corresponde y respete los semáforos, aunque  no pase ningún vehículo, quédese parado y respete la regla.

Si es un automovilista, respete los semáforos y respete los derechos del peatón. Si saca a pasear a su perro, levante los desperdicios.

Todo esto parece muy tonto, pero no lo crea, es el único modo de comenzar  a desprendernos de nuestra proverbial INSOLENCIA. Yo creo que la  insolencia colectiva tiene un solo antídoto, la responsabilidad individual.

Creo que la grandeza de una nación comienza por aprender a mantenerla limpia y ordenada.

Si todos somos capaces de hacer esto, seremos capaces de hacer cualquier cosa.

Porque hay que aprender a hacerlo todos los días. Ése es el desafío. Los insolentes tienen éxito porque son insolentes todos los días, todo el tiempo. Nuestro país está condenado: O aprende a cargar con la disciplina o cargará siempre con el arrepentimiento.

¿A Usted qué le parece? Podremos reconocernos en la calle?

Espero no haber sido insolente. En ese caso, disculpe.

Dr. Mario Rosen

(¿Sería muy insolente si le pido que lo reenvíe?)

No vivir de la admiración

agosto 29, 2009  
Publicado en Artículos

Este artículo está tomado de la página de la Instructora argentina Marcela Thesz, Tai Chi del Parque y me pareció tan importante lo que expresa que quisiera compartirlo con todos ustedes.

Gracias Marcela.

Ernesto

Autoría: Marcela Thesz

taiji en playa

Hace unos días, en una charla con alumnos, hablábamos de “admirar a los maestros” y de cómo esa admiración es una forma más de las personas de sacarle energía a otras o, de manera contrapuesta, de dar pasivamente nuestra energía a otros sin tener conciencia de las consecuencias.

En cualquier ámbito existen personas que viven de la admiración. Entre los niños siempre existe uno que sobresale, por lo simpático, dulce o travieso. Entre los adolescentes, ser una figura admirada es casi el objetivo de muchos jóvenes. Pero de adultos, cuando ya deberíamos ser plenamente conscientes de lo que hacemos con nuestra energía, necesitamos ser más cautos respecto a este tema.

Es que simplemente la persona que necesita ser admirada y, para lograr ello, oculta ciertos aspectos de su vida sobresaltando otros, es una persona que necesita de la energía ajena para vivir. Cuando uno trabaja sobre su propia energía y es consciente de su cuerpo, no ve la necesidad de recurrir a la energía de otros. Es más, usar la energía de los otros se convierte en algo poco ético, por decirlo de alguna manera. Porque cuando uno comprende el concepto de energía, de cómo se transmite (se da voluntariamente o roba), como se cuida y tonifica, comprende también que obtener energía de otros no es rentable a largo plazo.

También está la contraparte, las personas que admiran. Estas personas dan voluntariamente su energía a otra persona a través de miradas, pensamientos, atención, etc. Es a veces inevitable admirar los logros de otras personas y envidiarlas un poquito. Pero sería interesante intentar aprender desde esa admiración, intentar que los logros de los otros se conviertan en metas propias y accionar en pos de alcanzarlos. Cuando aquello que admiramos se convierte en motivación propia para evolucionar estamos reutilizando la energía que entregábamos voluntariamente en nosotros mismos.

Y todo esto viene a colación de admirar a los maestros de tai chi, qi gong, meditación o ese que nos está enseñando el camino en este momento. Estas personas son, en primer lugar, personas, que para lograr enseñar lo que enseñan han transitado un camino generalmente arduo y trabajoso. Sus enseñanzas son fruto de la propia vida. Y no se puede enseñar lo que no se ha vivido, a través de las miserias y dificultados por las que pasamos todos los mortales.

Respeto a los seres que cuentan sus propios procesos de aprendizaje y evolución en vez de mostrar formulas secretas. Respeto a aquellos que me explican como lo hicieron, me dan ideas de cómo hacerlo yo y luego me dejan libremente hacer lo que yo desee con ese conocimiento.

Siempre digo que no se puede enseñar un movimiento de tai chi que previamente no ha pasado por el cuerpo propio. Enseñar tai chi es, en primer lugar, un descubrimiento. Un descubrimiento de las propias emociones y tensiones que libera cada movimiento. Si podemos relatar ese descubrimiento a los alumnos es un gran paso. Si los alumnos lo interpretan y logran ejecutar un movimiento propio, como cada uno lo necesite en cada momento, diría yo que hemos aprendido. Porque ambos aprenden, tanto maestro como alumno, al enseñar de ese lugar, sin admiración sosa de por medio. Y entonces cada uno hace su propio tai chi, sigue su propio Tao.

  • Comentadores del Mes

    • Tai Chi en Uruguay Tai Chi en Uruguay (2)
    • Brenda Brenda (1)
    • Germán Germán (1)
    • Noemí Noemí (1)
    • Noemi Iraola Noemi Iraola (1)
  • Comentarios recientes

    • Brenda:No quiero dejar pasar el decirte que es admirable que te hayas tomado todo el tiempo que te tomaste para contestar a...
    • Tai Chi en Uruguay:Hola Noemí, en efecto, en el primer párrafo de este artículo dice que somos nosotros los que daremos el...
    • Noemí:Hola a todos. Quisiera saber si los cursos los van a dictar alguno de uds o es alguien de afuera. Y mi otra pregunta es...
  • Síguenos en:

    Facebook
    Twitter
    Youtube