Al Mal Tiempo Buena Cara

marzo 5, 2008  
Publicado en Artículos

Los dichos populares son ricos en mensajes poderosos. No por trillados y repetidos dejan de ser menos ciertos, al contrario creo que precisamente porque han sabido perdurar generación tras generación es que podemos estar seguros de la Sabiduría encerrada en ellos.

El del título tal vez sea uno de los más escuchados por los rioplatenses y está directamente relacionado con la Salud porque lisa y llanamente es incompatible la Salud con el malhumor.

Para reforzar esta aseveración prefiero recurrir a otro dicho popular que muchos utilizamos precisamente cuando alguien está malhumorado: es el “estoy/está envenenado”.

La imagen es clara y precisa, y utilizada mucho tiempo antes que la medicina moderna confirmara su veracidad.

Cuando nos enojamos, nos transformamos, el corazón se acelera, la presión sube, la adrenalina fluye a raudales y nuestras emociones quedan fuera de control entre muchas otras cosas. En este estado literalmente estamos al borde de un precipicio muy peligroso.

Por eso conviene ser Consciente de nuestros estados emocionales, y eso se logra con observación, con auto-observación.

Todos los seres humanos somos capaces de auto-observarnos, lo que no quiere decir que todos utilicemos esa capacidad, muy por el contrario, la inmensa mayoría nos dejamos dominar por nuestras emociones lo que redunda en una muy mala calidad de vida.

Del mismo modo que podemos llevar nuestra atención a cualquier parte del cuerpo que se nos solicite, también podemos llevarla más adentro; por ejemplo observa la postura en la que estás ahora sentado, observa la sensación que te produce el contacto con el teclado o con el ratón de tu computadora, deja las manos quietas y trata de identificar sin mirar donde está tu dedo índice derecho, observa como el aire entra por tu nariz, sólo observa, no fuerces, sólo observa.

Del mismo modo puedes observar el estado de ánimo predominante en este momento. No busques etiquetarlo, sólo obsérvalo.

La observación de nosotros mismos nos lleva a la Libertad, a la libertad de elección. Con la observación perdemos la inocencia y aún cuando decidamos seguir de malhumor por ejemplo, ese malhumor será producto de una elección y no de un acto reflejo e inconsciente que me atrapa y literalmente me envenena.

Sólo después de observarte estarás en condiciones de decidir si seguir en ese estado o hacer algo para cambiarlo.

En tanto no seas capaz de observarte, siempre serás una “víctima”, víctima de ti mismo, de tu lado más oscuro, en palabras de C.G. Jung de “la sombra”.

No quiere decir que este desconocimiento disminuya en lo más mínimo tu responsabilidad, porque “jamás el desconocimiento de la ley nos exime de responsabilidad”, esto es válido tanto para las leyes que el hombre ha creado para su convivencia como para las leyes universales.

De ahí la importancia de estar atento para ir descubriendo aquellas leyes que son fáciles de leer para cualquiera que esté dispuesto a dejarse guiar para aprender y mejorarse a si mismo.

“Conécete a tí mismo” y ten la certeza que definitivamente ganarás en Salud.

Autor: Dr. Ernesto Velázquez

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1 Comentario en “Al Mal Tiempo Buena Cara”

  1. Federico en mayo 20th, 2010 16:50

    “Los 4 enemigos” (enseñanza Hopewell):

    Cuando un hombre empieza a aprender, nunca sabe lo que va a encontrar. Su propósito es deficiente; su intención es vaga. Espera recompensas que nunca llegarán, pues no sabe nada de los trabajos que cuesta aprender.

    Pero uno aprende así, poquito a poquito al comienzo, luego más y más. Y sus pensamientos se dan de topetazos y se hunden en la nada. Lo que se aprende no es nunca lo que uno creía. Y así se comienza a tener miedo. El conocimiento no es nunca lo que uno se espera. Cada paso del aprendizaje es un atolladero, y el miedo que el hombre experimenta empieza a crecer sin misericordia, sin ceder. Su propósito se convierte en un campo de batalla.

    Y así ha tropezado con el primero de sus enemigos naturales:¡ el miedo! Un enemigo terrible: traicionero y enredado como los cardos. Se queda oculto en cada recodo del camino, acechando, esperando. Y si el hombre, aterrado en su presencia, echa a correr, su enemigo habrá puesto fin a su búsqueda.

    Si le da miedo jamás aprenderá. Nunca llegará a ser hombre de conocimiento. Llegará a ser un maleante, o un cobarde cualquiera, un hombre inofensivo, asustado; de cualquier modo, será un hombre vencido. Su primer enemigo habrá puesto fin a sus ansias.

    Debe desafiar a su miedo, y pese a él debe dar el siguiente paso en su aprendizaje, y el siguiente, y el siguiente. Debe estar lleno de miedo, pero no debe detenerse.¡ Esa es la regla! Y llega un momento en que su primer enemigo se retira. El hombre empieza a sentirse seguro de sí. Su propósito se fortalece. Aprender ya no es una tarea aterradora.

    Una vez el hombre a conquistado el miedo, está libre de él por el resto de su vida, porque a cambio del miedo ha adquirido la claridad: la claridad de mente que borra el miedo. Para entonces, un hombre conoce sus deseos; sabe como satisfacer esos deseos. Puede prever los nuevos pasos del aprendizaje, y una claridad nítida lo rodea todo. El hombre siente que nada está oculto.

    Y así ha encontrado a su segundo enemigo:¡la claridad! Esa claridad de mente, tan difícil de obtener, dispersa el miedo, pero también ciega.

    Fuerza al hombre a no dudar nunca de sí. Le da la seguridad de que puede hacer cuanto se le antoje, porque todo lo que ve lo ve con claridad. Y tiene valor porque tiene claridad. Pero todo eso es un error; es como si viera algo claro pero incompleto. Si el hombre se rinde a esa ilusión de poder, ha sucumbido a sus segundo enemigo y será torpe para aprender. Se apurará cuando debía ser paciente, o será paciente cuando debía apurarse. Y tonteará con el aprendizaje, hasta que termine incapaz de aprender nada más.

    Para evitar la derrota debe hacer lo que hizo con el miedo: debe desafiar su claridad y usarla sólo para ver, y esperar con paciencia y medir con tiento antes de dar otros pasos; debe pensar, sobre todo, que su claridad es casi un error. Y vendrá un momento en que comprenda que su claridad era sólo un punto delante de sus ojos. Y así habrá vencido a su segundo enemigo, y llegará a una posición donde nada puede ya dañarlo. Esto no será un error ni tampoco una ilusión. No será solamente un punto delante de sus ojos. Ese será su verdadero poder.

    Sabrá entonces que el poder tanto tiempo perseguido es suyo por fin. Puede hacer con él lo que se le antoje. Su aliado está a sus órdenes. Su deseo es la regla. Ve claro y parejo todo cuanto hay alrededor. Pero también ha tropezado con su tercer enemigo:¡el poder!

    El poder es el más fuerte de todos los enemigos. Y naturalmente, lo más fácil es rendirse; después de todo, el hombre de veras es invencible. Él manda: empieza tomando riesgos calculados y termina haciendo reglas, porque es el amo del poder. Un hombre en esta etapa apenas advierte que su tercer enemigo se cierne sobre él. Y de pronto, sin saber, habrá sin duda perdido la batalla. Su enemigo lo habrá transformado en un hombre cruel, caprichoso.

    Un hombre vencido por el poder muere sin saber realmente cómo manejarlo. El poder es sólo una carga sobre su destino. Un hombre así no tiene dominio de sí mismo, ni puede decir cómo ni cuando usar su poder.

    Para vencer al tercer enemigo hay que desafiarlo, con toda intención. Tiene que darse cuenta de que el poder que aparentemente ha conquistado no es nunca suyo en verdad. Debe tenerse a raya a todas horas, manejando con tiento y con fe todo lo que ha aprendido. Si puede ver que, sin control sobre sí mismo, la claridad y el poder son peores que los errores, llegará un punto en el que todo se domina. Entonces sabrá cómo y cuando usar su poder. Y así habrá vencido a su tercer enemigo.

    El hombre estará, para entonces, al fin de su travesía por el camino del conocimiento, y casi sin advertencia tropezará con su último enemigo:¡la vejez! Este enemigo es el más cruel de todos, el único al que no se puede vencer por completo; el enemigo al que solamente podrá ahuyentar por un instante.

    Este es el tiempo en que un hombre ya no tiene miedos, ya no tiene claridad impaciente; un tiempo en que todo está bajo control, pero también el tiempo en el que tiene un deseo constante de descansar. Si se rinde por entero a su deseo de acostarse y olvidar, si se arrulla en la fatiga, habrá perdido el último asalto, y su enemigo lo reducirá a una débil criatura vieja. Su deseo de retirarse vencerá toda su claridad, su poder y su conocimiento.

    Pero si el hombre se sacude el cansancio y vive su destino hasta el final, puede entonces ser llamado hombre de conocimiento, aunque sea tan sólo por esos momentitos en que logra ahuyentar al último enemigo, el enemigo invencible. Esos momento de claridad, poder y conocimiento son suficientes.

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